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DURANGO

VIAJES Y TURISMO

Ciudad de película: bella, luminosa, perfecta por su cielo diáfano. ¡Luces, cámaras, acción!… y comienza a rodarse una escena en una calle virreinal, en un paraje indómito y agreste o, quizás, en los bucólicos pasillos de una noble casa hacienda tanta veces filmada, tantas veces proyectada en la pantalla grande del sétimo arte.

Y es que Durango por su cariz antiguo y su aire cargado de pasado fue el escenario dilecto, la locación engreída para rodar las clásicas películas del viejo oeste, esos filmes trepidantes y llenos de aventuras con vaqueros valientes, bandidos taimados y lindas señoritas que regalaban gracia y coquetería en los mustios ambientes de un saloon.

Todo comenzó con la filmación de Pluma Blanca, en 1954. Luego, Durango se convertiría en la “tierra del cine”, especialmente del western, al rodarse más de 120 películas, al construirse un “corredor cinematográfico” con edificios y ranchos, similares a los del oeste norteamericano. Tiempo después se levantaría los Álamos, un pueblo ambientado en la década del 40 del siglo pasado.

¡Corten!… se acaba la escena. Durango ya no es la “meca” del cine western, sino un valle lindísimo y acogedor, ideal para quedarse y echar raíces. Así lo hicieron los conquistadores españoles, quienes fundaron la ciudad el 8 de julio de 1562, sin saber, en ese entonces, que en la zona había importantes yacimientos de minerales.

El crecimiento y esplendor arquitectónico del Durango colonial (palabra que significa “más allá del agua”) se cimentó en la riqueza de sus minas y en la abundancia de sus recursos naturales.

La prosperidad económica se plasmó en la construcción de monumentales iglesias y casonas de aire afrancesado, muchas de las cuales se mantienen en pie hasta el día de hoy, trasladando al viajero a esa época lejana de bonanza y derroche, de lujo y boato, pero también de opresión hacia los naturales, los descendientes de las grandes civilizaciones mesoamericanas.

En el Centro Histórico de la ciudad se yergue la joya arquitectónica de mayor relevancia de Durango: la Catedral, erigida entre 1685 y 1787 sobre una modesta parroquia de adobe con techo de paja, que era llamaba San Mateo.

Imponente y sobrecogedora, esta ecléctica Casa de Dios conserva entre sus reliquias una singular escultura de la Virgen de la Purísima Concepción, hecha con una sola pieza de marfil, aunque su tesoro más preciado es su sillería de 1715, con 57 asientos de madera tallada y cubiertos de oro.

La exquisita arquitectura colonial de Durango, capital del estado del mismo nombre, se complementa con un espléndido entorno natural. No se debe dejar de visitar lugares fantásticos como la misteriosa zona El Silencio, un desierto de sal cargado de energía, donde las brújulas no hallan el norte, los relojes dejan de andar y las ondas radiales se pierden.

Otro espacio natural que escarapela la piel es el Espinazo del Diablo, un camino rodeado de barrancas que se convierte en un privilegiado mirador de la Sierra Madre Occidental (2,200 msnm).

Durango, a 903 kilómetros de la Ciudad de México, fue la cuna de Doroteo Arango… ¿De quién? se preguntará usted con justificada razón, pero el tal Doroteo fue, nada más y nada menos, que el mítico Francisco “Pancho” Villa, apodado como el “Centauro del Norte”, uno de los líderes emblemáticos de la Revolución Mexicana de principios del siglo XX.

Un lugar que no puede quedarse fuera del recorrido viajero es el Mercado Gómez Palacio (a cien metros de la Catedral). Aquí encontrará artesanías fabricadas por hábiles artesanos que realizan maravillas de cestería (bolsas, petates, canastas, sombreros y curiosos objetos decorativos); además podrá adquirir delicadas figuras talladas en madera.

Y después de una mañana de compras en la ciudad no hay nada mejor que probar un tradicional caldillo durangueño preparado con filete de res frito con ajos, cebollas, jitomates y chiles. Y si lo que desea es endulzar su paladar está obligado a degustar los dulces de nuez, almendra y manzana.

En estos tiempos modernos, la economía de Durango sigue sustentándose en la minería (oro y plata), pero también se ha logrado un importante desarrollo agrícola y ganadero, siendo en este campo el primer Estado productor de leche caprina, materia prima con la que se fabrican quesos de sabor inolvidable, capaces de seducir los gustos más refinados.

Delicias producidas, principalmente, por los menonitas, una comunidad religiosa que trata de mantenerse alejada de las “ventajas” tecnológicas del mundo moderno (aunque ya han aceptado la electricidad y los automóviles).

Los primeros menonitas llegaron a Durango a principios del siglo XX, agrupándose en los alrededores de la capital estatal. Desde entonces, se dedican al cultivo de la tierra y a la preparación de quesos y embutidos. Ellos son autosuficientes y defienden férreamente su fe y costumbres.

Al visitar Durango, “la tierra del cine”, usted se volverá el protagonista de una gran película. Sí, de esa película que se proyecta en la memoria de los viajeros cuando vuelven a casa, aquella que queda grabada para siempre en la mente y en el corazón. El filme será tan exitoso que no tendrá dudas en rodar una segunda parte… ¡Luces, cámaras, acción!…

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