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Monterrey Mexico

MONTERREY

VIAJES Y TURISMO

Sufrió tormentas e inundaciones, padeció epidemias y luchas, pero Monterrey, la “Sultana del Norte”, venció a la adversidad y gracias al trabajo tesonero de su gente, la ciudad no paró de crecer, hasta convertirse en una de las urbes más importantes del país, un gigante económico que hoy reina en el noreste de mexicano.

Una historia de lucha y esfuerzo que se inició en el siglo XVI, cuando don Luis de Carvajal -alcalde de Tampico- decidió crear una villa en una zona despoblada. Su intento fracasó, el lugar fue abandonado hasta 1596, año en el que Diego de Montemayor fundara la ciudad de Nuestra Señora de Monterrey; entonces, solo 12 familias de españoles habitaban la nueva urbe.

La capital del Nuevo Reino de León, ese era el nombre del actual estado de Nueva León, fue erigida en un valle de la Sierra Madre, flanqueada por los cerros la Mitra (2,380 msnm) y la Silla (1,740 msnm). Sus fundadores siguieron el trazo clásico de las ciudades coloniales y levantaron los principales edificios en torno de la plaza central, hoy llamada Macroplaza.

En los primeros tiempos, el crecimiento fue lento y la vida extremadamente dura. La población -a fines del siglo XVIII- no excedía los 250 habitantes. Pero la naturaleza agreste de Monterrey escondía una gran riqueza: gas natural, un recurso que alimentaría el crecimiento de la ciudad en los siglos venideros, convirtiéndola en una de las urbes industriales más importantes del país.

Y aunque para algunos su semblante actual se asemeja al de una ciudad norteamericana -en razón a su progreso industrial y sus numerosos comercios-, Monterrey es una de las metrópolis más cultas y conservadoras de México y, a pesar de la distancia que la separa de la capital del país (957 kilómetros), sus habitantes son fervorosos defensores de la patria.

En la actualidad, Monterrey -la tercera ciudad de México- produce más del 50 por ciento de las manufacturas que el país exporta. Prosperidad que se refleja en su activa vida cultural y en la modernidad de sus nuevos edificios, cuyas líneas arquitectónicas de avanzada contrastan y hacen resaltar la añeja prestancia de sus construcciones coloniales.

Ciudad matizada: antigua y moderna; inquieta en su Gran Plaza o Megaplaza, su centro, su médula, su corazón, vistoso y atractivo, único, con un gran faro de más de 70 metros de alto que derrocha luz al caer la noche, una catedral de estilo barroco, construida en el siglo XVII, y, a pocos metros, un museo de Arte Contemporáneo, considerado entre los mejores del mundo en su especialidad.

Un corazón urbano que evidencia los siglos de historia de Monterrey y congrega en su extensión distintas concepciones y estilos arquitectónicos, un centro en el que aún subsisten viejos edificios, como el Palacio de Gobierno, de estilo neoclásico y fachada a base de piedras de cantera rosa, que comenzara a construirse a finales del siglo XIX.

Pero Monterrey no solo ofrece asfalto y cemento a sus visitantes, sino también paraísos naturales, fabulosos refugios de vida silvestres, con bosques de pinos y encinos y múltiples posibilidades de aventura: trekking, escalada y rapel, ciclismo y cabalgata, entre otras posibilidades al aire libre.
La fuerza de la naturaleza se revela también en otras formas.
Impresionantes cañones, como la Huasteca, cuyas riesgosas paredes verticales atraen cada día a avezados escaladores; o las grutas de García -la mayor cueva de México-, un auténtico bosque de estalactitas y estalagmitas, localizado a 80 metros de altura, lugar al que se llega por medio de un periférico.

De vuelta a la ciudad. A la noche inquieta con sus centros de diversión y restaurantes en los que cenar es un auténtico placer, una fiesta gastronómica a base de carnes, con platillos excluyentes como el cabrito asado, la fritada de borrego, y las mexicanísimas tortillas de maíz; que se complementan con los tradicionales glorias de linares, un dulce de leche de cabra con nueces.

Monterrey es un destino ataviado con muchos atractivos. Su faz moderna no debe ser una excusa para borrarla de los planes de viaje; por el contrario, es una razón que justifica la travesía, porque sus calles condensan las dos caras de México, el pasado pletórico de historia y el presente que desafía al futuro.

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